Son las 19:30 de la tarde. Llevas viendo pacientes sin parar desde primera hora. Has diagnosticado tres melanomas, has tratado cinco brotes severos de acné y has realizado varias crioterapias. Tu cabeza es una enciclopedia de histología, inmunología y anatomía.
Sin embargo, cuando tienes un minuto de descanso y abres Instagram, lo ves: Una influencer con un filtro de belleza recomendando una rutina de retinol sin supervisión. Un centro de estética «de barrio» promocionando eliminación de manchas con un láser de baja potencia comprado en Alibaba. Una peluquería inyectando ácido hialurónico de dudosa procedencia.
El ruido digital es ensordecedor. Y lo peor de todo: El paciente les está escuchando a ellos.
El paciente actual sufre de «infoxicación». Tiene un problema real en su piel manchas, cicatrices, envejecimiento, caída capilar y busca una solución desesperadamente en Google. Pero si tu clínica dermatológica no aparece ahí arriba con la autoridad de un templo médico, ese paciente acaba en manos equivocadas. Acaba gastando su dinero en promesas vacías y tratamientos sin base científica.